En una
entrevista con motivo de un concierto benéfico en el Teatro Comunale de Bologna
para las personas afectadas por el terremoto del sur de Italia, Ezio Bosso
dice: “La música es un gesto.” Palabras que nos conmueven especialmente,
después de haber visto a Ezio Bosso interpretar en el Teatro Soziale de
Gualtieri y reconocer en su gestualidad una
manifestación incuestionable de algo divino. Si hablamos de la manifestación
de algo divino en Bosso, estamos hablando de algo que es el polo opuesto a la
idolatrización o endiosamiento de una persona. Es precisamente la humanidad de
Bosso, su conciencia de que lo que para él constituye la Institución más
elevada, es decir, la música, lo que le permite este contacto con aquello que
siendo humano, a su vez lo trasciende. Y por eso la música de Bosso tiene un
fuerte poder simbólico: nos pone inmediatamente en contacto con la dimensión
sagrada de la vida. Y es que Bosso, como dice él mismo de uno de sus grandes
referentes y maestros, John Cage, tiene algo de chamán. Se convierte, en el
momento en que se sienta frente a su fiel compañero Steinway & Sons, en un mediador
entre el cielo y la tierra, y con los pies bien arraigados en la tierra
consigue ser portador de una luz que alcanza a su público haciéndolo partícipe
de su propio proceso de creación y transformación. Es en este sentido que la
música de Bosso es un gesto por excelencia: aquel de poner al servicio de los
demás lo mejor de sí mismo.
Pensar con otros
Este blog, a diferencia de "Relatos, reflexiones y otros escritos" que lo acompaña, nace del deseo de compartir breves reflexiones derivadas de lecturas, visionados de películas, exposiciones y del diálogo que estos encuentros con los otros a través la escritura o de la imagen alimenta... Espero que lo disfrutéis. ¡Todos vuestros comentarios serán más que bienvenidos!
martes, 17 de enero de 2017
domingo, 20 de noviembre de 2016
Ezio Bosso: un faro en la noche del tiempo
Cuando
uno ve y escucha a Ezio Bosso, lo primero que debería hacer es guardar
silencio. Pero del silencio que su música y, sobre todo, su modo de tocar,
despiertan en nosotros, nace la necesidad de dar testimonio.
He
visto tocar a Ezio Bosso en vivo por
primera vez en mi vida. El lugar era inmejorable: el pequeño teatro social de
Gualtieri, donde Bosso además del concierto de anoche, ha abierto su espacio a
quien quisiera venir a escuchar su grabación. Las paredes de piedra, el suelo
de madera y la antigüedad del lugar lo hacían especialmente acogedor. Ha pasado
un rato hasta que se le ha podido ver aparecer por detrás del escenario y
sentarse con elegancia frente al magnífico Steinway & Sons de cola, que
esperaba majestuoso a que alguien viniera a tocarlo.
Sería
mejor guardar silencio. Pero siento la necesidad de transmitir la emoción que
me ha suscitado verlo dirigirse al público y empezar a tocar. No es solamente su música la que nos alcanza
de un modo tan directo sino su particular modo de interpretarla. Hay en él una
tensión casi imposible entre la máxima delicadeza y la máxima intensidad. Todo
en él es experiencia en el momento en que sus dedos empiezan a acariciar las
teclas del piano. Hay algo sobrio, casi filosófico en su actitud. La actitud
corporal habla antes que los sonidos del piano. El modo de sentarse, la
rectitud de una postura sin rigidez, y, sobre todo, los movimientos de las
manos que nos permiten imaginarlo danzando en el escenario. Ezio Bosso al piano
podría ser también un bailarín, y el piano podría estar tranquilamente
deslizándose por el escenario.
Todo en
su música es movimiento, todo en ella es dinámico. Su música avanza, atraviesa
los paisajes invisibles del alma, camina. No importa en él la repetición. Al
contrario: la repetición es novedad constante cuando hablamos de Ezio Bosso,
porque cada nota que suena podría ser la primera. Cada sonido es en sí mismo un
comienzo, testimonio de una verticalidad que contrasta con el deslizarse horizontal
de los dedos sobre las teclas del piano. Lo que cuenta en su música, además de
la precisión de cada nota propia de un virtuoso, es la intención con que la
mano se alza y vuelve a posarse sobre la superficie blanca y negra, la fuerza
que empuja desde arriba, a veces en forma de potencia, a veces en forma de
contención, pero siempre como respuesta a un movimiento que se inicia desde lo
alto. Y esa altura es la que vemos en su mirada o en la expresión de su rostro
en el momento de dirigirse al público que lo contempla extasiado, partícipe de
ese ser extático que súbito se apodera de él cuando está en el escenario. Vemos
la luz en su mirada y en su sonrisa; mirada y sonrisa que nos comunican una
inmensa distancia, una gran altura, pero que son asimismo expresión suave y
cercana, testimonio de su profunda humanidad. Y es precisamente en esa
humanidad donde se encuentra su mayor grandeza, a pesar de lo que
incuestionablemente tiene de sobrehumano y divino, que precisamente al no ser
divo, se vuelve infinitamente más real. Viendo a Ezio Bosso tocar el piano,
vemos también en él al director de orquesta que aquí además de dirigir y
componer, palpa y toca un instrumento, haciéndose así todavía más próximo.
Su
música nos abre a paisajes infinitos, donde hay espacio para nuestra
subjetividad. Somos libres de participar de un proceso que está vivo, que tiene
en su modo de ser algo abierto e inacabado, en la medida en que se da un
espacio a la propia creatividad, como es propio de todo cuanto procede de un
acto libre. Y es que la música de Bosso es consecuencia de un acto libre, fruto
de años de disciplina y fruto, sobre todo, de su genio. Genio que no reside ni
en la grandilocuencia ni en el virtuosismo, sino en la generosidad infinita que
caracteriza todo acto de amor puro. Libertad, amor, luz. Todo esto nos
transmiten los gestos, las miradas, las palabras y la actitud de alguien que
antes que músico es persona y que desde allí nos habla de todo cuanto
caracteriza y supera al individuo, con sus fragilidades y fortalezas, con su
silencio y su locuacidad, con el equilibrio casi imposible de quien camina
sobre una cuerda floja, suspendida sobre un espacio inmenso, y bajo la que no
hay ninguna red. Es así un salto al vacío, un propulsarse más allá de sí mismo
para alcanzar al otro, y desde esa otredad darse a sí mismo hasta el límite
de las propias fuerzas para alcanzar a ese otro que somos nosotros, en este
caso su público, permitiéndonos el contacto con nuestra dimensión más
universal.
domingo, 12 de junio de 2016
Breve reflexión a partir de un artículo de Gregory Bateson
De todos los aspectos tratados por Bateson en este capítulo, me voy a centrar en uno que me parece crucial: los hábitos. Bateson habla aquí de lo difícil que resulta escapar de los propios hábitos, hábitos que se ven reflejados en el modo de llevar a término nuestras vidas pero que sobre todo afectan el funcionamiento del pensamiento. Un hábito es por definición algo que nos impide pensar, puesto que nos aleja de un contacto inmediato con la realidad, y nos anestesia frente al hecho, que para mí es angustiante, por qué negarlo, de que no sabemos en verdad prácticamente nada de la realidad en la que todos los seres humanos nos encontramos. ¿Qué sabemos de las cuestiones más elementales como el origen de la vida o el sentido de la muerte? Nada. Hemos realizado grandes descubrimientos a lo largo de la historia basados en la observación de la naturaleza y la descripción del mundo perceptible y material, conocemos leyes físicas y químicas, tenemos explicaciones para describir el funcionamiento nuclear de la materia, a través de la medicina podemos curar enfermedades, hemos desarrollado una tecnología avanzada que nos permite utilizar ordenadores, desplazarnos a toda velocidad por el planeta, comunicarnos a distancia… pero las cuestiones esenciales más básicas y elementales continúan siendo un misterio insondable para nuestra inteligencia. Ante estas cuestiones elementales nos situamos cuando conseguimos romper con los hábitos mentales y salir de nuestra zona de confort. Nos encontramos así frente a otro de los grandes misterios como es el de la capacidad de relación: relación con los demás, relación con nosotros mismos, relación con una realidad que desconocemos y nos supera, que a veces llamamos Dios.
Pero lo que realmente me interesa del artículo de Bateson es que en su crítica a la Dra. Mead, alude a la imposibilidad de cambiar los hábitos mediante otros hábitos y habla sobre todo no de la capacidad que la salida de dichos hábitos nos da para aprender, sino algo más importante aún: la capacidad para aprender a aprender. Aprender a aprender nos libera del mecanismo según el cual aprendemos por un tiempo gracias a que abandonamos determinados hábitos, pero dejamos de aprender en el momento en que adquirimos otros hábitos nuevos. Y aquí aparece un elemento que para mí es crucial: ¡atención! Salir de los hábitos no es lo mismo que estar constantemente rompiendo con la rutina. Más bien al contrario: una cierta rutina es necesaria para poder salir del mecanismo que nos impide una aproximación libre a la realidad, una aproximación que nace de una apertura, una escucha y una capacidad de acogida (...).
A partir de "Pianificazione soziale e deutero-apprendimento"
en Verso una ecologia della mente de Gregory Bateson (pp. 199-217)
jueves, 9 de julio de 2015
Exposición de Alexia Sinoble en el Indiscret
Imagen y texto: fotogramas de episodios de la vida en la obra de Alexia
Sinoble
Al adentrarse en el pequeño pero acogedor espacio “Indiscret”, en la calle
Milà i Fontanals del barrio barcelonés de Gràcia, uno se siente inmediatamente
cautivado por un tenue resplandor. Son los dibujos y pinturas de Alexia Sinoble
(también escritora y traductora), que expone por vez primera parte de una obra
que lleva gestando desde su temprana adolescencia y de unas libretas que la han
acompañado fiel e incansablemente a lo largo de años de aventuras, encuentros,
desencuentros, alegrías o fracasos, que ha sabido ver bajo una única luz: la de
una mirada que se ha cultivado, en ocasiones, a base de renuncias y de
sacrificios. Pues lo que encontramos cuando nos situamos frente al color
sinoble que ha quedado impreso en el papel es una mirada que, sirviéndose de
episodios como flasches, deja entrever un sentido de la vida, el
sentido de su vida; pero no de una vida meramente individual o
cerrada en sí misma, sino de una a la que han acompañado siempre la mitología
griega (¡y no sólo griega!) antigua, las novelas caballerescas medievales,
entre muchas otras, así como las enseñanzas de aquellos maestros –con o sin
títulos—que ha ido encontrando por el camino.
¿Qué
nos dicen estas pinturas? Nos preguntamos presos por la extraña y tremenda
fascinación que nos suscitan. ¿Nos muestran algo?
Quizá
uno de los principales rasgos que distinguen el sello de esta artista (su
modestia no me permitiría llamarla así…), sea el de que nos mueven,
inevitablemente, a inquirir.[1] Superado
el desconcierto inicial que con toda seguridad habrá provocado en nosotros,
algo nos mueve a preguntarnos por el sentido de sus elementos –muchos de ellos
reiterados, como la luna finísima que parece una hendidura que una espada, daga
o cuchillo hubiera trazado en el firmamento, o el torreón del Dipósit de les
Aigües cuyo interior fue diseñado por el arquitecto Fontseré…)—o al menos
intuir que de un modo u otro están interrelacionados, como motivos-clave que
tal vez habrán de abrirnos a una nueva comprensión de las cosas, adentrarnos en
el ámbito de lo real no-visible, el de aquello que los medievales, como bien ha
señalado Victoria Cirlot en diversos lugares, denominaron merveille.
Pues si algo tienen estas pinturas, aparentemente desordenadas y libres en
exceso, es que componen, en cierto modo, un espacio. Espacio que a través de la
captación de momentos o episodios de especial intensidad o significación en la
vida de la artista, dan testimonio de un itinerario interior donde las
coordenadas espacio-temporales deben ser entendidas de un modo distinto. Parece
como si hubiera un centro que se sustrajera a esas coordenadas y del que la
multiplicidad y multiperspectivismo de todas esas imágenes fuera
testimonio, como en una suerte de caleidoscopio a través del cual, si se desea,
uno puede libremente abocarse a su vez al espacio de su propia interioridad,
puesto que en dicho espacio no tienen cabida ni lo meramente individual, no lo
propio. Son testimonio de un lugar común que, de nuevo recurriendo a la terminología
medieval, es un locus non locus.
Pero
prestemos atención a lo que más en concreto nos dicen los cuadros de Sinoble
del itinerario que la ha conducido hasta aquí. Lo primero que nos sorprende es
comprobar que los dibujos (o pinturas) están perfectamente numerados y que a
cada uno de ellos corresponde un título, no siempre, ni necesariamente, en
concordancia con lo que el dibujo (o la pintura) parece decir. Nos situamos
ante una obra que lo es todo menos arbitraria. Los números nos lo indican con
claridad: hay un orden que se puede seguir. Lo que pasa es que este orden no
tiene por qué coincidir necesariamente con lo que nosotros entendemos por tal.
De ahí el riesgo y la aventura ante la que se sitúa quien se coloca frente a
estos cuadros.
Gracias a la distancia que le ha proporcionado el acto, repetido y renovado
una y otra vez a lo largo de los años, de dibujar y de pintar
(“dibujar” y “pintar” que nunca están disociados de un “comprender” y un
“escribir”), la artista parece estar aquí realizando un mosaico de su propia
vida, que de este modo se ofrece generosamente al visitante como algo que puede
y debe ser leído, comprendido. Pero quien busque respuestas claras y
contundentes, ajenas al misterio y al enigma, se ha equivocado de sitio. Cada
interrogante que la mirada sobre estos papeles pintados --teñidos de sinoble (y
en muy raras ocasiones de algún otro color)—nos suscita, no hace sino abrirnos
un nuevo interrogante que nos mueve a agudizar la mirada y los sentidos. Las
respuestas solamente se nos darán en forma de un incremento de la visión.
Visión en la que lo narrativo y lo abstracto en modo alguno están reñidos
puesto que la abstracción que nos permite tener una mirada del conjunto, no
puede sino nacer de una atención a los detalles más ínfimos.
¿Qué simbolizan aquellos dragones que aparecen una y otra vez en distintos
lugares de las libretas o pinturas? ¿Se refieren a los dragones de la mitología
antigua? ¿Al que fue atravesado por la lanza de san Jorge? ¿O aluden, por el
contrario, a personajes que podemos de hecho encontrar ya aquí y ahora en el
mundo real? ¿O ambos al mismo tiempo? ¿Y qué decir de esas mujeres con cola de
sirena que aparecen una y otra vez? ¿De los castillos, las fuentes, los seres
alados, ángeles con alas de múltiples ojos en una clara referencia al
imaginario medieval?
Son muchas las preguntas que la contemplación de estos dibujos, pinturas,
libretas, o cuadros, despiertan en nosotros. Por no saber, no sabemos si se
trata en efecto de dibujos, pinturas o cuadros. ¿Qué son?
¿Imágenes? ¿No serán más bien a-imágenes que deshacen el recorrido de la vida
en su recorrerse mismo, mostrándonos con la luz que dejan entrever a su paso la
nada que nos habita haciéndonos más libres así? Todas estas preguntas tienen,
sí, una respuesta; y única: ¡abran los ojos a y de su
propio interior y atrévanse a mirar por sí mismos!
Y quien esto escribe solamente una cosa puede decir: gracias, Sinoble, por
las horas azules (blues) de soledad, lectura y silencio, y por el coraje
de contemplar y de expresar de forma auténtica y genuina. ¡Per molts
anys!
NOTA: ESTE TEXTO FUE ESCRITO EN OCTUBRE DEL 2014
CON MOTIVO DE LA EXPOSICIÓN
lunes, 10 de febrero de 2014
La fascinación de una presencia
Estos días ha caído en mis manos el pequeño gran libro de Christine Kaufmann, La fascinación de una presencia. En él la autora nos habla de su propia experiencia como carmelita descalza en diálogo con los tres grandes maestros que la precedieron: Santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y Edith Stein. Es bello ver cómo Kaufmann, que habla en todo momento desde la propia experiencia, destila aquello que es más propio del lenguaje que cada uno de estos tres santos ha encontrado para expresar su experiencia del misterio.
Bajo una búsqueda y un carisma común, cada una de las voces que hablan a través de la autora en este libro, se manifiesta no en aquello que las hace idénticas sino en aquello, precisamente, que las diferencia, dejándose escuchar así con nitidez el carácter único y singular de cada una de ellas, incluido el de la propia autora, que respeta desde una compresión y atención profundas aquello que los otros transmitieron, es decir, el cómo lo hicieron.
Del mismo modo, su manera de comunicar una experiencia que parece ser común a todos ellos, es totalmente nueva y singular, pues es la suya y nadie más que ella pudo haberla vivido así. Lo que me lleva a pensar en la que me parece ser una de las aportaciones más genuinas del cristianismo, desde el poco conocimiento que he podido tener hasta ahora de él: que la llamada imitatio christi no es en modo alguno una imitación de su vida, ni de sus obras, ni de su persona, sino que consiste en imitar su haber sido capaz de ser idéntico a sí mismo. Algo a lo que cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, no podemos sino aspirar, pero a lo que sin duda, lo sepamos o no y al margen de cualquier tipo de "ismo", estamos llamados. El libro de Kaufman es un ejemplo claro, nítido, sencillo, transparente, de ello. Por lo que desde aquí no nos queda más que agradecérselo. Gracias, Christine.
Del mismo modo, su manera de comunicar una experiencia que parece ser común a todos ellos, es totalmente nueva y singular, pues es la suya y nadie más que ella pudo haberla vivido así. Lo que me lleva a pensar en la que me parece ser una de las aportaciones más genuinas del cristianismo, desde el poco conocimiento que he podido tener hasta ahora de él: que la llamada imitatio christi no es en modo alguno una imitación de su vida, ni de sus obras, ni de su persona, sino que consiste en imitar su haber sido capaz de ser idéntico a sí mismo. Algo a lo que cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, no podemos sino aspirar, pero a lo que sin duda, lo sepamos o no y al margen de cualquier tipo de "ismo", estamos llamados. El libro de Kaufman es un ejemplo claro, nítido, sencillo, transparente, de ello. Por lo que desde aquí no nos queda más que agradecérselo. Gracias, Christine.
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