martes, 17 de enero de 2017

Ezio Bosso y el gesto

     
     En una entrevista con motivo de un concierto benéfico en el Teatro Comunale de Bologna para las personas afectadas por el terremoto del sur de Italia, Ezio Bosso dice: “La música es un gesto.” Palabras que nos conmueven especialmente, después de haber visto a Ezio Bosso interpretar en el Teatro Soziale de Gualtieri y reconocer en su gestualidad una  manifestación incuestionable de algo divino. Si hablamos de la manifestación de algo divino en Bosso, estamos hablando de algo que es el polo opuesto a la idolatrización o endiosamiento de una persona. Es precisamente la humanidad de Bosso, su conciencia de que lo que para él constituye la Institución más elevada, es decir, la música, lo que le permite este contacto con aquello que siendo humano, a su vez lo trasciende. Y por eso la música de Bosso tiene un fuerte poder simbólico: nos pone inmediatamente en contacto con la dimensión sagrada de la vida. Y es que Bosso, como dice él mismo de uno de sus grandes referentes y maestros, John Cage, tiene algo de chamán. Se convierte, en el momento en que se sienta frente a su fiel compañero Steinway & Sons, en un mediador entre el cielo y la tierra, y con los pies bien arraigados en la tierra consigue ser portador de una luz que alcanza a su público haciéndolo partícipe de su propio proceso de creación y transformación. Es en este sentido que la música de Bosso es un gesto por excelencia: aquel de poner al servicio de los demás lo mejor de sí mismo.     

domingo, 20 de noviembre de 2016

Ezio Bosso: un faro en la noche del tiempo

  
         Cuando uno ve y escucha a Ezio Bosso, lo primero que debería hacer es guardar silencio. Pero del silencio que su música y, sobre todo, su modo de tocar, despiertan en nosotros, nace la necesidad de dar testimonio.  
         He visto tocar  a Ezio Bosso en vivo por primera vez en mi vida. El lugar era inmejorable: el pequeño teatro social de Gualtieri, donde Bosso además del concierto de anoche, ha abierto su espacio a quien quisiera venir a escuchar su grabación. Las paredes de piedra, el suelo de madera y la antigüedad del lugar lo hacían especialmente acogedor. Ha pasado un rato hasta que se le ha podido ver aparecer por detrás del escenario y sentarse con elegancia frente al magnífico Steinway & Sons de cola, que esperaba majestuoso a que alguien viniera a tocarlo.
     Sería mejor guardar silencio. Pero siento la necesidad de transmitir la emoción que me ha suscitado verlo dirigirse al público y empezar a tocar.  No es solamente su música la que nos alcanza de un modo tan directo sino su particular modo de interpretarla. Hay en él una tensión casi imposible entre la máxima delicadeza y la máxima intensidad. Todo en él es experiencia en el momento en que sus dedos empiezan a acariciar las teclas del piano. Hay algo sobrio, casi filosófico en su actitud. La actitud corporal habla antes que los sonidos del piano. El modo de sentarse, la rectitud de una postura sin rigidez, y, sobre todo, los movimientos de las manos que nos permiten imaginarlo danzando en el escenario. Ezio Bosso al piano podría ser también un bailarín, y el piano podría estar tranquilamente deslizándose por el escenario.
     Todo en su música es movimiento, todo en ella es dinámico. Su música avanza, atraviesa los paisajes invisibles del alma, camina. No importa en él la repetición. Al contrario: la repetición es novedad constante cuando hablamos de Ezio Bosso, porque cada nota que suena podría ser la primera. Cada sonido es en sí mismo un comienzo, testimonio de una verticalidad que contrasta con el deslizarse horizontal de los dedos sobre las teclas del piano. Lo que cuenta en su música, además de la precisión de cada nota propia de un virtuoso, es la intención con que la mano se alza y vuelve a posarse sobre la superficie blanca y negra, la fuerza que empuja desde arriba, a veces en forma de potencia, a veces en forma de contención, pero siempre como respuesta a un movimiento que se inicia desde lo alto. Y esa altura es la que vemos en su mirada o en la expresión de su rostro en el momento de dirigirse al público que lo contempla extasiado, partícipe de ese ser extático que súbito se apodera de él cuando está en el escenario. Vemos la luz en su mirada y en su sonrisa; mirada y sonrisa que nos comunican una inmensa distancia, una gran altura, pero que son asimismo expresión suave y cercana, testimonio de su profunda humanidad. Y es precisamente en esa humanidad donde se encuentra su mayor grandeza, a pesar de lo que incuestionablemente tiene de sobrehumano y divino, que precisamente al no ser divo, se vuelve infinitamente más real. Viendo a Ezio Bosso tocar el piano, vemos también en él al director de orquesta que aquí además de dirigir y componer, palpa y toca un instrumento, haciéndose así todavía más próximo.
         Su música nos abre a paisajes infinitos, donde hay espacio para nuestra subjetividad. Somos libres de participar de un proceso que está vivo, que tiene en su modo de ser algo abierto e inacabado, en la medida en que se da un espacio a la propia creatividad, como es propio de todo cuanto procede de un acto libre. Y es que la música de Bosso es consecuencia de un acto libre, fruto de años de disciplina y fruto, sobre todo, de su genio. Genio que no reside ni en la grandilocuencia ni en el virtuosismo, sino en la generosidad infinita que caracteriza todo acto de amor puro. Libertad, amor, luz. Todo esto nos transmiten los gestos, las miradas, las palabras y la actitud de alguien que antes que músico es persona y que desde allí nos habla de todo cuanto caracteriza y supera al individuo, con sus fragilidades y fortalezas, con su silencio y su locuacidad, con el equilibrio casi imposible de quien camina sobre una cuerda floja, suspendida sobre un espacio inmenso, y bajo la que no hay ninguna red. Es así un salto al vacío, un propulsarse más allá de sí mismo para alcanzar al otro, y desde esa otredad darse a sí mismo hasta el límite de las propias fuerzas para alcanzar a ese otro que somos nosotros, en este caso su público, permitiéndonos el contacto con nuestra dimensión más universal.    
   

domingo, 12 de junio de 2016

Breve reflexión a partir de un artículo de Gregory Bateson

     De todos los aspectos tratados por Bateson en este capítulo, me voy a centrar en uno que me parece crucial: los hábitos. Bateson habla aquí de lo difícil que resulta escapar de los propios hábitos, hábitos que se ven reflejados en el modo de llevar a término nuestras vidas pero que sobre todo afectan el funcionamiento del pensamiento. Un hábito es por definición algo que nos impide pensar, puesto que nos aleja de un contacto inmediato con la realidad, y nos anestesia frente al hecho, que para mí es angustiante, por qué negarlo, de que no sabemos en verdad prácticamente nada de la realidad en la que todos los seres humanos nos encontramos. ¿Qué sabemos de las cuestiones más elementales como el origen de la vida o el sentido de la muerte? Nada. Hemos realizado grandes descubrimientos a lo largo de la historia basados en la observación de la naturaleza y la descripción del mundo perceptible y material, conocemos leyes físicas y químicas, tenemos explicaciones para describir el funcionamiento nuclear de la materia, a través de la medicina podemos curar enfermedades, hemos desarrollado una tecnología avanzada que nos permite utilizar ordenadores, desplazarnos a toda velocidad por el planeta, comunicarnos a distancia… pero las cuestiones esenciales más básicas y elementales continúan siendo un misterio insondable para nuestra inteligencia. Ante estas cuestiones elementales nos situamos cuando conseguimos romper con los hábitos mentales y salir de nuestra zona de confort. Nos encontramos así frente a otro de los grandes misterios como es el de la capacidad de relación: relación con los demás, relación con nosotros mismos, relación con una realidad que desconocemos y nos supera, que a veces llamamos Dios.
          Pero lo que realmente me interesa del artículo de Bateson es que en su crítica a la Dra. Mead, alude a la imposibilidad de cambiar los hábitos mediante otros hábitos y habla sobre todo no de la capacidad que la salida de dichos hábitos nos da para aprender, sino algo más importante aún: la capacidad para aprender a aprender. Aprender a aprender nos libera del mecanismo según el cual aprendemos por un tiempo gracias a que abandonamos determinados hábitos, pero dejamos de aprender en el momento en que adquirimos otros hábitos nuevos. Y aquí aparece un elemento que para mí es crucial: ¡atención! Salir de los hábitos no es lo mismo que estar constantemente rompiendo con la rutina. Más bien al contrario: una cierta rutina es necesaria para poder salir del mecanismo que nos impide una aproximación libre a la realidad, una aproximación que nace de una apertura, una escucha y una capacidad de acogida (...).

A partir de "Pianificazione soziale e deutero-apprendimento" 
en Verso una ecologia della mente de Gregory Bateson (pp. 199-217)  

jueves, 9 de julio de 2015

Exposición de Alexia Sinoble en el Indiscret


Imagen y texto: fotogramas de episodios de la vida en la obra de Alexia Sinoble

Al adentrarse en el pequeño pero acogedor espacio “Indiscret”, en la calle Milà i Fontanals del barrio barcelonés de Gràcia, uno se siente inmediatamente cautivado por un tenue resplandor. Son los dibujos y pinturas de Alexia Sinoble (también escritora y traductora), que expone por vez primera parte de una obra que lleva gestando desde su temprana adolescencia y de unas libretas que la han acompañado fiel e incansablemente a lo largo de años de aventuras, encuentros, desencuentros, alegrías o fracasos, que ha sabido ver bajo una única luz: la de una mirada que se ha cultivado, en ocasiones, a base de renuncias y de sacrificios. Pues lo que encontramos cuando nos situamos frente al color sinoble que ha quedado impreso en el papel es una mirada que, sirviéndose de episodios como flasches, deja entrever un sentido de la vida, el sentido de su vida; pero no de una vida meramente individual o cerrada en sí misma, sino de una a la que han acompañado siempre la mitología griega (¡y no sólo griega!) antigua, las novelas caballerescas medievales, entre muchas otras, así como las enseñanzas de aquellos maestros –con o sin títulos—que ha ido encontrando por el camino.
            ¿Qué nos dicen estas pinturas? Nos preguntamos presos por la extraña y tremenda fascinación que nos suscitan. ¿Nos muestran algo?
            Quizá uno de los principales rasgos que distinguen el sello de esta artista (su modestia no me permitiría llamarla así…), sea el de que nos mueven, inevitablemente, a inquirir.[1] Superado el desconcierto inicial que con toda seguridad habrá provocado en nosotros, algo nos mueve a preguntarnos por el sentido de sus elementos –muchos de ellos reiterados, como la luna finísima que parece una hendidura que una espada, daga o cuchillo hubiera trazado en el firmamento, o el torreón del Dipósit de les Aigües cuyo interior fue diseñado por el arquitecto Fontseré…)—o al menos intuir que de un modo u otro están interrelacionados, como motivos-clave que tal vez habrán de abrirnos a una nueva comprensión de las cosas, adentrarnos en el ámbito de lo real no-visible, el de aquello que los medievales, como bien ha señalado Victoria Cirlot en diversos lugares, denominaron merveille. Pues si algo tienen estas pinturas, aparentemente desordenadas y libres en exceso, es que componen, en cierto modo, un espacio. Espacio que a través de la captación de momentos o episodios de especial intensidad o significación en la vida de la artista, dan testimonio de un itinerario interior donde las coordenadas espacio-temporales deben ser entendidas de un modo distinto. Parece como si hubiera un centro que se sustrajera a esas coordenadas y del que la multiplicidad y multiperspectivismo de todas esas imágenes fuera testimonio, como en una suerte de caleidoscopio a través del cual, si se desea, uno puede libremente abocarse a su vez al espacio de su propia interioridad, puesto que en dicho espacio no tienen cabida ni lo meramente individual, no lo propio. Son testimonio de un lugar común que, de nuevo recurriendo a la terminología medieval, es un locus non locus.
            Pero prestemos atención a lo que más en concreto nos dicen los cuadros de Sinoble del itinerario que la ha conducido hasta aquí. Lo primero que nos sorprende es comprobar que los dibujos (o pinturas) están perfectamente numerados y que a cada uno de ellos corresponde un título, no siempre, ni necesariamente, en concordancia con lo que el dibujo (o la pintura) parece decir. Nos situamos ante una obra que lo es todo menos arbitraria. Los números nos lo indican con claridad: hay un orden que se puede seguir. Lo que pasa es que este orden no tiene por qué coincidir necesariamente con lo que nosotros entendemos por tal. De ahí el riesgo y la aventura ante la que se sitúa quien se coloca frente a estos cuadros.
Gracias a la distancia que le ha proporcionado el acto, repetido y renovado una y otra vez a lo largo de los años, de dibujar  y de pintar (“dibujar” y “pintar” que nunca están disociados de un “comprender” y un “escribir”), la artista parece estar aquí realizando un mosaico de su propia vida, que de este modo se ofrece generosamente al visitante como algo que puede y debe ser leído, comprendido. Pero quien busque respuestas claras y contundentes, ajenas al misterio y al enigma, se ha equivocado de sitio. Cada interrogante que la mirada sobre estos papeles pintados --teñidos de sinoble (y en muy raras ocasiones de algún otro color)—nos suscita, no hace sino abrirnos un nuevo interrogante que nos mueve a agudizar la mirada y los sentidos. Las respuestas solamente se nos darán en forma de un incremento de la visión. Visión en la que lo narrativo y lo abstracto en modo alguno están reñidos puesto que la abstracción que nos permite tener una mirada del conjunto, no puede sino nacer de una atención a los detalles más ínfimos.
¿Qué simbolizan aquellos dragones que aparecen una y otra vez en distintos lugares de las libretas o pinturas? ¿Se refieren a los dragones de la mitología antigua? ¿Al que fue atravesado por la lanza de san Jorge? ¿O aluden, por el contrario, a personajes que podemos de hecho encontrar ya aquí y ahora en el mundo real? ¿O ambos al mismo tiempo? ¿Y qué decir de esas mujeres con cola de sirena que aparecen una y otra vez? ¿De los castillos, las fuentes, los seres alados, ángeles con alas de múltiples ojos en una clara referencia al imaginario medieval?
Son muchas las preguntas que la contemplación de estos dibujos, pinturas, libretas, o cuadros, despiertan en nosotros. Por no saber, no sabemos si se trata en efecto de dibujos, pinturas o cuadros. ¿Qué son? ¿Imágenes? ¿No serán más bien a-imágenes que deshacen el recorrido de la vida en su recorrerse mismo, mostrándonos con la luz que dejan entrever a su paso la nada que nos habita haciéndonos más libres así? Todas estas preguntas tienen, sí, una respuesta; y única: ¡abran los ojos de su propio interior y atrévanse a mirar por sí mismos!

Y quien esto escribe solamente una cosa puede decir: gracias, Sinoble, por las horas azules (blues) de soledad, lectura y silencio, y por el coraje de contemplar y de expresar de forma auténtica y genuina. ¡Per molts anys!  

NOTA: ESTE TEXTO FUE ESCRITO EN OCTUBRE DEL 2014 
CON MOTIVO DE LA EXPOSICIÓN




[1] Quaerere, en latín, de donde: quêste, comúnmente traducido por “búsqueda”

lunes, 10 de febrero de 2014

La fascinación de una presencia

     Estos días ha caído en mis manos el pequeño gran libro de Christine Kaufmann, La fascinación de una presencia. En él la autora nos habla de su propia experiencia como carmelita descalza en diálogo con los tres grandes maestros que la precedieron: Santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y Edith Stein. Es bello ver cómo Kaufmann, que habla en todo momento desde la propia experiencia, destila aquello que es más propio del lenguaje que cada uno de estos tres santos ha encontrado para expresar su experiencia del misterio. 
     Bajo una búsqueda y un carisma común, cada una de las voces que hablan a través de la autora en este libro, se manifiesta no en aquello que las hace idénticas sino en aquello, precisamente, que las diferencia, dejándose escuchar así con nitidez el carácter único y singular de cada una de ellas, incluido el de la propia autora, que respeta desde una compresión y atención profundas aquello que los otros transmitieron, es decir, el cómo lo hicieron.
     Del mismo modo, su manera de comunicar una experiencia que parece ser común a todos ellos, es totalmente nueva y singular, pues es la suya y nadie más que ella pudo haberla vivido así. Lo que me lleva a pensar en la que me parece ser una de las aportaciones más genuinas del cristianismo, desde el poco conocimiento que he podido tener hasta ahora de él: que la llamada imitatio christi no es en modo alguno una imitación de su vida, ni de sus obras, ni de su persona, sino que consiste en imitar su haber sido capaz de ser idéntico a sí mismo. Algo a lo que cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, no podemos sino aspirar, pero a lo que sin duda, lo sepamos o no y al margen de cualquier tipo de "ismo", estamos llamados. El libro de Kaufman es un ejemplo claro, nítido, sencillo, transparente, de ello. Por lo que desde aquí no nos queda más que agradecérselo. Gracias, Christine.