domingo, 20 de noviembre de 2016

Ezio Bosso: un faro en la noche del tiempo

  
         Cuando uno ve y escucha a Ezio Bosso, lo primero que debería hacer es guardar silencio. Pero del silencio que su música y, sobre todo, su modo de tocar, despiertan en nosotros, nace la necesidad de dar testimonio.  
         He visto tocar  a Ezio Bosso en vivo por primera vez en mi vida. El lugar era inmejorable: el pequeño teatro social de Gualtieri, donde Bosso además del concierto de anoche, ha abierto su espacio a quien quisiera venir a escuchar su grabación. Las paredes de piedra, el suelo de madera y la antigüedad del lugar lo hacían especialmente acogedor. Ha pasado un rato hasta que se le ha podido ver aparecer por detrás del escenario y sentarse con elegancia frente al magnífico Steinway & Sons de cola, que esperaba majestuoso a que alguien viniera a tocarlo.
     Sería mejor guardar silencio. Pero siento la necesidad de transmitir la emoción que me ha suscitado verlo dirigirse al público y empezar a tocar.  No es solamente su música la que nos alcanza de un modo tan directo sino su particular modo de interpretarla. Hay en él una tensión casi imposible entre la máxima delicadeza y la máxima intensidad. Todo en él es experiencia en el momento en que sus dedos empiezan a acariciar las teclas del piano. Hay algo sobrio, casi filosófico en su actitud. La actitud corporal habla antes que los sonidos del piano. El modo de sentarse, la rectitud de una postura sin rigidez, y, sobre todo, los movimientos de las manos que nos permiten imaginarlo danzando en el escenario. Ezio Bosso al piano podría ser también un bailarín, y el piano podría estar tranquilamente deslizándose por el escenario.
     Todo en su música es movimiento, todo en ella es dinámico. Su música avanza, atraviesa los paisajes invisibles del alma, camina. No importa en él la repetición. Al contrario: la repetición es novedad constante cuando hablamos de Ezio Bosso, porque cada nota que suena podría ser la primera. Cada sonido es en sí mismo un comienzo, testimonio de una verticalidad que contrasta con el deslizarse horizontal de los dedos sobre las teclas del piano. Lo que cuenta en su música, además de la precisión de cada nota propia de un virtuoso, es la intención con que la mano se alza y vuelve a posarse sobre la superficie blanca y negra, la fuerza que empuja desde arriba, a veces en forma de potencia, a veces en forma de contención, pero siempre como respuesta a un movimiento que se inicia desde lo alto. Y esa altura es la que vemos en su mirada o en la expresión de su rostro en el momento de dirigirse al público que lo contempla extasiado, partícipe de ese ser extático que súbito se apodera de él cuando está en el escenario. Vemos la luz en su mirada y en su sonrisa; mirada y sonrisa que nos comunican una inmensa distancia, una gran altura, pero que son asimismo expresión suave y cercana, testimonio de su profunda humanidad. Y es precisamente en esa humanidad donde se encuentra su mayor grandeza, a pesar de lo que incuestionablemente tiene de sobrehumano y divino, que precisamente al no ser divo, se vuelve infinitamente más real. Viendo a Ezio Bosso tocar el piano, vemos también en él al director de orquesta que aquí además de dirigir y componer, palpa y toca un instrumento, haciéndose así todavía más próximo.
         Su música nos abre a paisajes infinitos, donde hay espacio para nuestra subjetividad. Somos libres de participar de un proceso que está vivo, que tiene en su modo de ser algo abierto e inacabado, en la medida en que se da un espacio a la propia creatividad, como es propio de todo cuanto procede de un acto libre. Y es que la música de Bosso es consecuencia de un acto libre, fruto de años de disciplina y fruto, sobre todo, de su genio. Genio que no reside ni en la grandilocuencia ni en el virtuosismo, sino en la generosidad infinita que caracteriza todo acto de amor puro. Libertad, amor, luz. Todo esto nos transmiten los gestos, las miradas, las palabras y la actitud de alguien que antes que músico es persona y que desde allí nos habla de todo cuanto caracteriza y supera al individuo, con sus fragilidades y fortalezas, con su silencio y su locuacidad, con el equilibrio casi imposible de quien camina sobre una cuerda floja, suspendida sobre un espacio inmenso, y bajo la que no hay ninguna red. Es así un salto al vacío, un propulsarse más allá de sí mismo para alcanzar al otro, y desde esa otredad darse a sí mismo hasta el límite de las propias fuerzas para alcanzar a ese otro que somos nosotros, en este caso su público, permitiéndonos el contacto con nuestra dimensión más universal.    
   

domingo, 12 de junio de 2016

Breve reflexión a partir de un artículo de Gregory Bateson

     De todos los aspectos tratados por Bateson en este capítulo, me voy a centrar en uno que me parece crucial: los hábitos. Bateson habla aquí de lo difícil que resulta escapar de los propios hábitos, hábitos que se ven reflejados en el modo de llevar a término nuestras vidas pero que sobre todo afectan el funcionamiento del pensamiento. Un hábito es por definición algo que nos impide pensar, puesto que nos aleja de un contacto inmediato con la realidad, y nos anestesia frente al hecho, que para mí es angustiante, por qué negarlo, de que no sabemos en verdad prácticamente nada de la realidad en la que todos los seres humanos nos encontramos. ¿Qué sabemos de las cuestiones más elementales como el origen de la vida o el sentido de la muerte? Nada. Hemos realizado grandes descubrimientos a lo largo de la historia basados en la observación de la naturaleza y la descripción del mundo perceptible y material, conocemos leyes físicas y químicas, tenemos explicaciones para describir el funcionamiento nuclear de la materia, a través de la medicina podemos curar enfermedades, hemos desarrollado una tecnología avanzada que nos permite utilizar ordenadores, desplazarnos a toda velocidad por el planeta, comunicarnos a distancia… pero las cuestiones esenciales más básicas y elementales continúan siendo un misterio insondable para nuestra inteligencia. Ante estas cuestiones elementales nos situamos cuando conseguimos romper con los hábitos mentales y salir de nuestra zona de confort. Nos encontramos así frente a otro de los grandes misterios como es el de la capacidad de relación: relación con los demás, relación con nosotros mismos, relación con una realidad que desconocemos y nos supera, que a veces llamamos Dios.
          Pero lo que realmente me interesa del artículo de Bateson es que en su crítica a la Dra. Mead, alude a la imposibilidad de cambiar los hábitos mediante otros hábitos y habla sobre todo no de la capacidad que la salida de dichos hábitos nos da para aprender, sino algo más importante aún: la capacidad para aprender a aprender. Aprender a aprender nos libera del mecanismo según el cual aprendemos por un tiempo gracias a que abandonamos determinados hábitos, pero dejamos de aprender en el momento en que adquirimos otros hábitos nuevos. Y aquí aparece un elemento que para mí es crucial: ¡atención! Salir de los hábitos no es lo mismo que estar constantemente rompiendo con la rutina. Más bien al contrario: una cierta rutina es necesaria para poder salir del mecanismo que nos impide una aproximación libre a la realidad, una aproximación que nace de una apertura, una escucha y una capacidad de acogida (...).

A partir de "Pianificazione soziale e deutero-apprendimento" 
en Verso una ecologia della mente de Gregory Bateson (pp. 199-217)