Cuando
uno ve y escucha a Ezio Bosso, lo primero que debería hacer es guardar
silencio. Pero del silencio que su música y, sobre todo, su modo de tocar,
despiertan en nosotros, nace la necesidad de dar testimonio.
He
visto tocar a Ezio Bosso en vivo por
primera vez en mi vida. El lugar era inmejorable: el pequeño teatro social de
Gualtieri, donde Bosso además del concierto de anoche, ha abierto su espacio a
quien quisiera venir a escuchar su grabación. Las paredes de piedra, el suelo
de madera y la antigüedad del lugar lo hacían especialmente acogedor. Ha pasado
un rato hasta que se le ha podido ver aparecer por detrás del escenario y
sentarse con elegancia frente al magnífico Steinway & Sons de cola, que
esperaba majestuoso a que alguien viniera a tocarlo.
Sería
mejor guardar silencio. Pero siento la necesidad de transmitir la emoción que
me ha suscitado verlo dirigirse al público y empezar a tocar. No es solamente su música la que nos alcanza
de un modo tan directo sino su particular modo de interpretarla. Hay en él una
tensión casi imposible entre la máxima delicadeza y la máxima intensidad. Todo
en él es experiencia en el momento en que sus dedos empiezan a acariciar las
teclas del piano. Hay algo sobrio, casi filosófico en su actitud. La actitud
corporal habla antes que los sonidos del piano. El modo de sentarse, la
rectitud de una postura sin rigidez, y, sobre todo, los movimientos de las
manos que nos permiten imaginarlo danzando en el escenario. Ezio Bosso al piano
podría ser también un bailarín, y el piano podría estar tranquilamente
deslizándose por el escenario.
Todo en
su música es movimiento, todo en ella es dinámico. Su música avanza, atraviesa
los paisajes invisibles del alma, camina. No importa en él la repetición. Al
contrario: la repetición es novedad constante cuando hablamos de Ezio Bosso,
porque cada nota que suena podría ser la primera. Cada sonido es en sí mismo un
comienzo, testimonio de una verticalidad que contrasta con el deslizarse horizontal
de los dedos sobre las teclas del piano. Lo que cuenta en su música, además de
la precisión de cada nota propia de un virtuoso, es la intención con que la
mano se alza y vuelve a posarse sobre la superficie blanca y negra, la fuerza
que empuja desde arriba, a veces en forma de potencia, a veces en forma de
contención, pero siempre como respuesta a un movimiento que se inicia desde lo
alto. Y esa altura es la que vemos en su mirada o en la expresión de su rostro
en el momento de dirigirse al público que lo contempla extasiado, partícipe de
ese ser extático que súbito se apodera de él cuando está en el escenario. Vemos
la luz en su mirada y en su sonrisa; mirada y sonrisa que nos comunican una
inmensa distancia, una gran altura, pero que son asimismo expresión suave y
cercana, testimonio de su profunda humanidad. Y es precisamente en esa
humanidad donde se encuentra su mayor grandeza, a pesar de lo que
incuestionablemente tiene de sobrehumano y divino, que precisamente al no ser
divo, se vuelve infinitamente más real. Viendo a Ezio Bosso tocar el piano,
vemos también en él al director de orquesta que aquí además de dirigir y
componer, palpa y toca un instrumento, haciéndose así todavía más próximo.
Su
música nos abre a paisajes infinitos, donde hay espacio para nuestra
subjetividad. Somos libres de participar de un proceso que está vivo, que tiene
en su modo de ser algo abierto e inacabado, en la medida en que se da un
espacio a la propia creatividad, como es propio de todo cuanto procede de un
acto libre. Y es que la música de Bosso es consecuencia de un acto libre, fruto
de años de disciplina y fruto, sobre todo, de su genio. Genio que no reside ni
en la grandilocuencia ni en el virtuosismo, sino en la generosidad infinita que
caracteriza todo acto de amor puro. Libertad, amor, luz. Todo esto nos
transmiten los gestos, las miradas, las palabras y la actitud de alguien que
antes que músico es persona y que desde allí nos habla de todo cuanto
caracteriza y supera al individuo, con sus fragilidades y fortalezas, con su
silencio y su locuacidad, con el equilibrio casi imposible de quien camina
sobre una cuerda floja, suspendida sobre un espacio inmenso, y bajo la que no
hay ninguna red. Es así un salto al vacío, un propulsarse más allá de sí mismo
para alcanzar al otro, y desde esa otredad darse a sí mismo hasta el límite
de las propias fuerzas para alcanzar a ese otro que somos nosotros, en este
caso su público, permitiéndonos el contacto con nuestra dimensión más
universal.
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